How great…!

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How great architecture still was in 1966!*
Artículo publicado en la revista 115Días #01, pág.16. Junio 2014

Italy: the new domestic landscape, la ambiciosa exposición que en 1972 tiene lugar en el MOMA, supone la consagración y a la vez escenifica la muerte de lo que algunos críticos acababan de catalogar como Arquitectura Radical con la intención de unificar el trabajo de un heterogéneo y atomizado grupo de arquitectos – fundamentalmente europeos – comprometidos con el replanteamiento total de la definición y objetivos de la disciplina.

Se ponía fin así a un corto pero intenso periodo dinamitado por multitud de propuestas experimentales durante el que se generó la última arquitectura con aspiraciones filosóficas, responsable de un vibrante legado de experimentación y especulación teórica que proclamaba la vuelta a las raíces olvidadas de la profesión, y que se mostraba más preocupada por reflexionar sobre sus fundamentos que por perpetuar la práctica de un oficio ahora puesto en crisis.

“Para mí, la arquitectura radical tiene el gran merito de nunca haber construido nada (era el menor de nuestros problemas), pero dejó su marca en una generación entera (…). Los radicales nunca produjeron un lenguaje formal. Produjeron, a través de una investigación continua, un nivel crítico, una crisis del proyecto, de las certezas de la modernidad.”

Las palabras de Andrea Branzi, cofundador de Archizoom y principal teórico de la “revolución”, nos descubren la complejidad de un fenómeno que se sitúa en el interior de un movimiento más amplio dominado por un debate de ideas que recorre de forma plural las diferentes disciplinas a partir de los años 50 hasta mediados de los 70, y que, teniendo en Italia sus focos de actividad más intensa – fundamentalmente Florencia, Turín y Milán – también se propaga de manera simultánea por varias ciudades europeas – especialmente activas Viena y Graz – pero entre las que en un primer momento no se producen relaciones de intercambio y debate.

Este hipotético aislamiento es precisamente el rasgo que dota de un aura “suicida” la actividad inicial de los primeros radicales, conceptualmente celosos de su independencia y dispuestos a alejar cualquier sombra de pertenencia en sus escritos, pero a la vez paradójicamente dispuestos a utilizar la estructura de grupo como modelo particular para la acción .

Así, al analizar sus repetidos impulsos de agrupación y su compartida actitud corrosiva, se intuye que desde el principio estos “radicales libres”  habían asumido el mismo compromiso con un tipo de actividad desestabilizadora que borraba las distinciones entre política y práctica y promovía la inteligencia no-violenta como única herramienta no neutralizable por el sistema, adoptando tácticas de guerrilla – en grupo y de naturaleza móvil e incomprensible – como estrategia para infiltrarse entre las filas de una sociedad dominada por la ética consumista burguesa alineada con el espíritu de eficiencia de la producción industrial, conscientes de que un cambio en el campo de la arquitectura y el diseño debía ir acompañado de un giro significativo en los comportamientos y estructuras sociales . Posteriormente Andrea Branzi, tratando de acomodar autonomía y pertenencia, zanjaba la cuestión en uno de sus acertados ejercicios metafóricos, asociando el término Arquitectura Radical, más que a un movimiento unitario, a un “lugar cultural, una tendencia energética”  que había aceptado las condiciones de una realidad mediocre para rechazar la posibilidad de un destino glorioso.

En menos de 10 años el movimiento radical había conseguido demostrar que el ejercicio de la arquitectura y su aplicación docente podía ser ética y políticamente relevante, abriendo una senda crítica que, en el momento actual de nuestra contradictoria profesión habitada en gran medida por dos tipologías humanas, constructores y pensadores, unidos en mutuo desdén (R. Koolhaas) sería recomendable volver a transitar.

* “How great architecture still was in 1966!” reproduce el título del artículo que Adolfo Natalini, co-fundador y cabeza visible del grupo florentino Superstudio, publica en la revista Spazio-Arte en noviembre de 1977, en el que hace balance de 10 años de actividad del colectivo radical como preámbulo de su anunciada desaparición.

 

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